Los viernes keiko: kenjutsu, dicen

Este hombre es Shoji Kojima. Shoji Kojima y Yoko Komatsubara son grandes figuras del flamenco y además pioneros del arte jondo en Japón. Ahora son 80000 aficionados, tocaores, cantaores y bailaores en Japón, igual que muchos españoles nos enamoramos de su cultura y del Budo.

Y esta mujer es Yoko Komatsubara.

Shoji Kojima y Yoko Komatsubara son grandes figuras del flamenco y además pioneros del arte jondo en Japón. Ahora son 80000 aficionados, tocaores, cantaores y bailaores en Japón, igual que muchos españoles nos enamoramos de su cultura y del Budo. Por eso hacemos kendo, iaido y otras artes marciales japonesas.

No entiendo el flamenco. No lo he entendido nunca, pero me parece natural que, si yo he encontrado un camino personal en el Budo, haya japoneses que han hecho el recorrido inverso. Se enamoraron, como yo; porque el arte es cuestión de amor, se siente o no se siente. Por amor llegaron a España. Estudiaron con lo más grande. Se comieron el Sacromonte con papas, se dejaron los pies en un tablao, y luego en otro. Se expusieron, y se siguen exponiendo, a la incomprensión y el cachondeo de los más tontos de nosotros: tirad de Google y leed las notitas condescendientes sobre Hibiki, de Komatsubara. Cuando volvieron a casa se llevaron a la Paquera de Jerez y a Paco de Lucía, y a Manolo Sanlúcar, para que los nipones sintieran lo que ellos habían sentido. Y vaya si lo sintieron: 80.000 aficionados

 El flamenco, siendo un arte folklórico español y pareciendo a primera vista un producto local, en realidad es un arte muy universal por haber nacido abarcando las esencias de muchas culturas occidentales y orientales. Por eso creemos en que también los japoneses podemos contribuir eficázmente en pro de este arte […] Nosotros, al ver esta realidad, hemos decidido establecer una asociación que sea útil para el más desarrollo de este arte en Japón, congregando las voluntades de artistas y aficionados, y así nació la Asociación Nipona de Flamenco(ANIF) en julio del año 1990.
Ahora ANIF sigue realizando varios proyectos para conseguir su propósito y siempre tiene postura de acoger como su miembro a cualquier persona que tenga interés por el flamenco. Por favor que venga a colaborar con nosotros para crear juntos el mejor futuro.

Fue leer el manifiesto de la web de la ANIF y acordarme del Propósito del Kendo. Hay en ese enamoramiento de los flamencos nipones una conciencia de apropiación, de tener en sus manos una tradición ajena que deben cuidar. Un sentimiento, quizá, de fe de converso. Sin rumbitas ni chorradas: el rollo de la fusión nos lo dejan a nosotros. Si un japonés dice que hace flamenco es flamenco lo que hace, con la intensidad y el rigor al que nos tienen acostumbrados.

Por eso no entiendo vídeos como este.

Alguno podría compararlo con un vídeo de maids o parafilia afín, porque al fin y al cabo el Mundo Bizarro, como el flamenco, no entiende de fronteras y en Japón hay raros para exportar. Pero no es así. No estamos viendo a unos chavales hacer el gamberro cuando no les mira nadie.

Lo que habéis visto es uno de los vídeos promocionales de un gimnasio de los alrededores de Madrid. Su director dice haber creado un Arte Marcial Mixta basada en el kempo para Infantil, Juvenil y Adultos, con modalidades competitivas como el kata musical. También imparten Kenjutsu; o lo que es lo mismo, te enseñan a hacer lo del vídeo por 35 euros al mes. Con la posibilidad de acudir a un Campeonato de España, pagando los cinco euros que costaba la admisión.

Que estos señores disfruten de su tiempo libre como mejor les parezca no debería importarnos nada. Que haya un agujero legal que permita vender a las familias de estos críos un producto con el nombre de otro, a lo mejor sí. Que se promocione como tradición milenaria en una televisión pública, más todavía. Creo que mis motivos para que me importe son legítimos. Como Jun Tashiro con su guitarra, soy una de muchos, cada vez más budokas a este lado del mundo, conscientes de atesorar algo que no es nuestro, y que queremos, deberíamos, cuidar más que si lo fuera. Poco podemos hacer nosotros salvo trabajar con dedicación, estudiar con rigor y creer que el tiempo pone a cada uno en su sitio, aunque abundan ejemplos de lo contrario. No sé hasta dónde pueden llegar los organismos y agencias oficiales, pero sí sé que de momento no han llegado hasta este gimnasio, ni hasta unos cuantos más.

En el panorama de las artes marciales hay sitio para todos. Pero sospecho que si en su publicidad lo denominaran como lo que es, una variedad imaginativa de Chanbara y nada más (incluso sin prescindir del hogu customizado y las hakamas caprichosas), probablemente perderían proyección y cuota de mercado. Por eso no lo van a hacer y nadie va a obligarles. Hoy por hoy es plausible llamar a esto kenjutsu, arbitrarlo y enseñarlo previo pago. Y a lo mejor los niños se lo pasan bien y les ayuda a desenvolverse en la vida. No lo sé, y si es así yo me alegro.

Pero esto kenjutsu no es.

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Kendo al otro lado del diván

¿Sabéis ese tipo tan gordo?

No ese tipo tan salao del trabajo. Un gordo de verdad, de los que ya no quedan. La clase de gordo al que, nada más verle, le calculas a ojo el quintal.

A este gordo, el médico, harto de advertirle de que le quedan como mucho diez años antes de que el corazón le haga CRACK, le ha recomendado hacer ejercicio. Cuando se ha convencido de que nunca ha corrido ni para coger el autobús, y de que no va a salir a correr ni mañana, ni el año que viene, busca otra alternativa. Y es posible que se decida por un arte marcial: se suda un montón, se trabaja un número importante de músculos, se practica en grupo, y mola mucho más dar patadas voladoras que hacer 30 series en cualquier máquina (el fitness, además, suele salir caro). El gordo, que no es un friki tarao atolondrado, ha investigado. Las Artes Marciales promueven la disciplina, la superación, hábitos de vida saludable; que es lo que él necesita tanto como (y para) perder peso. Y muy convencido se planta en el dojo o gimnasio que más le convence o más cerca le pilla.  Pero Gordo-san no adelgaza ni un gramo. Y no es que no le ponga voluntad, pero de entrada sus 113 kilos le impiden no ya dar patadas voladoras sino aguantar más de media clase. Gordo-san es un tipo afable y le acogen con cariño: tampoco es ese su problema.  Resulta que a Gordo-san le sigue gustando comer. Y cómo come. Justo después de entrenar se da un homenaje extra por lo bien que lo ha hecho. Para motivarse.  Si Gordo-san no asume que su dieta tiene que cambiar, dará igual lo divertido que sea pasearse en kimono o las ganas que ponga. ¡Porque Gordo-san le pone ganas! ¡Porque es verdad que las Artes Marciales fomentan el autocontrol, la disciplina y todo lo que decía Internet! Pero la nevera de Gordo-san está en su casa, no en el gimnasio, y ahí es donde Gordo-san tiene a su Némesis. Y al cabo de una temporada, congestionado, frustrado, y probablemente más gordo, recibirá una reprimenda más del médico de cabecera.  Mi gordo es un trasunto, al hilo del post escrito por mi compañera Elena, psicóloga clínica y cofundadora del dojo de kendo Aranami. Sostiene, sensata y atinadamente, los beneficios de la práctica del kendo en la salud mental. Varios estudios reivindican la práctica del budo como terapia o complemento de ésta. Muchos tratan de abarcar el amplio espectro de las Artes Marciales, de la misma manera que el aún mayor espectro de transtornos psicológicos.  Yo misma afirmo que el kendo me devolvió la salud mental (y consecuentemente la otra) y ha salvado mi vida. Pero creo necesario aportar algunos matices desde el otro lado del diván del psicólogo.  La mayoría de transtornos conllevan una pérdida progresiva de habilidades sociales. También es frecuente la ausencia o desaparición de rutinas. Cualquier actividad en la que una persona con transtorno mental logre implicarse le aportará una medida de ambas cosas. Citando el post que da pie a este, el entrenamiento en kendo no es fácil, requiere disciplina y constancia, así como aprender a dominar los propios instintos y el acto impulsivo y desordenado. En efecto, y mucho más. Si aguanta.   ¿Sabéis esas clases que sales cavando para que te trague la tierra? El Gordo llegaba a casa y se daba un homenaje. Un practicante de kendo con un transtorno de personalidad, como es mi caso, lleva puesta su nevera bajo el keikogi. Podemos encontrarnos con dificultades para controlar el miedo que deriven en ataques de ansiedad. En algún momento esa persona puede clavarse y no ejecutar el ejercicio. Pasará por momentos de bloqueo y también fases de depresión. Estas fases son corrientes en la mayoría de transtornos de personalidad: lo que hace especial su relación con el kendo es la enorme carga emocional que éste requiere. Conlleva un fuerte desgaste mental y pide grandes dosis de autocontrol. Muchos hemos visto bajas (o nos han tentado) tras clases especialmente desalentadoras. En el caso del TP puede disparar el gatillo de la depresión, que conlleva un grave riesgo de abandono.  Tras años de trabajo de introspección, cada cual desarrolla recursos para romper los bloqueos emocionales y desactivar los gatillos. Yo lloro. Lloro mucho. Sin embargo, he visto a compañeros abandonar o sufrir ansiedad durante meses antes de volver a entrenar: el dojo se convierte en el lugar de la exposición, en otro entorno hostil. Y esto nos dirige a las relaciones interpersonales y al estigma social.  Personalmente, soy partidaria de la desarmarización contra el estigma. Sin embargo tardé unos meses en contar mi condición a mis profesores y compañeros. Siempre se paga un precio por hacerlo, pero a la larga creo que hice bien. Cualquier circunstancia personal que se salga de lo ordinario, bien manejada con el conocimiento de los instructores, se convierte en un aspecto más del entrenamiento. Lo trabajas como tu estatura, o tu peso o tu elasticidad. Haces kendo con todo, no sólo con un shinai.  El asunto de la medicación puede resultar más peliagudo, puesto que una combinación de psicótropos potente reduce la ansiedad, pero también los reflejos, la respuesta a los estímulos, y puede provocar alteraciones psicomotrices. Movimientos terapéuticos y de usuarios trabajan desde hace décadas en un replanteamiento de la psicofarmacología negociada entre el usuario y su psiquiatra: más sucintamente, que aquello que te salva la vida por un lado no te la arruine por otro impidiéndote desarrollar tus actividades. Pero, mientras se utilice medicación, no viene mal avisar de ello para que la manía de cambiar del pie derecho al izquierdo tenga una explicación lógica. Que vamos, esto le ha pasado a una amiga.  ¿Recuerdan a Gordo-san? Probó a no abrir la nevera. A este gordo, el médico, harto de advertirle de que le quedan como mucho diez años antes de que el corazón le haga CRACK, le ha recomendado hacer ejercicio. Cuando se ha convencido de que nunca ha corrido ni para coger el autobús, y de que no va a salir a correr ni mañana, ni el año que viene, busca otra alternativa. Y es posible que se decida por un arte marcial: se suda un montón, se trabaja un número importante de músculos, se practica en grupo, y mola mucho más dar patadas voladoras que hacer 30 series en cualquier máquina (el fitness, además, suele salir caro). El gordo, que no es un friki tarao atolondrado, ha investigado. Las Artes Marciales promueven la disciplina, la superación, hábitos de vida saludable; que es lo que él necesita tanto como (y para) perder peso. Y muy convencido se planta en el dojo o gimnasio que más le convence o más cerca le pilla.

Pero Gordo-san no adelgaza ni un gramo. Y no es que no le ponga voluntad, pero de entrada sus 113 kilos le impiden no ya dar patadas voladoras sino aguantar más de media clase. Gordo-san es un tipo afable y le acogen con cariño: tampoco es ese su problema.

Resulta que a Gordo-san le sigue gustando comer. Y cómo come. Justo después de entrenar se da un homenaje extra por lo bien que lo ha hecho. Para motivarse.

Si Gordo-san no asume que su dieta tiene que cambiar, dará igual lo divertido que sea pasearse en kimono o las ganas que ponga. ¡Porque Gordo-san le pone ganas! ¡Porque es verdad que las Artes Marciales fomentan el autocontrol, la disciplina y todo lo que decía Internet! Pero la nevera de Gordo-san está en su casa, no en el gimnasio, y ahí es donde Gordo-san tiene a su Némesis. Y al cabo de una temporada, congestionado, frustrado, y probablemente más gordo, recibirá una reprimenda más del médico de cabecera.

Mi gordo es un trasunto, al hilo del post escrito por mi compañera Elena, psicóloga clínica y cofundadora del dojo de kendo Aranami. Sostiene, sensata y atinadamente, los beneficios de la práctica del kendo en la salud mentalVarios estudios reivindican la práctica del budo como terapia o complemento de ésta. Muchos tratan de abarcar el amplio espectro de las Artes Marciales, de la misma manera que el aún mayor espectro de transtornos psicológicos.

Yo misma afirmo que el kendo me devolvió la salud mental (y consecuentemente la otra) y ha salvado mi vida. Pero creo necesario aportar algunos matices desde el otro lado del diván del psicólogo.

La mayoría de transtornos conllevan una pérdida progresiva de habilidades sociales. También es frecuente la ausencia o desaparición de rutinas. Cualquier actividad en la que una persona con transtorno mental logre implicarse le aportará una medida de ambas cosas. Citando el post que da pie a este, el entrenamiento en kendo no es fácil, requiere disciplina y constancia, así como aprender a dominar los propios instintos y el acto impulsivo y desordenado. En efecto, y mucho más. Si aguanta.

¿Sabéis esas clases que sales cavando para que te trague la tierra?

El Gordo llegaba a casa y se daba un homenaje. Un practicante de kendo con un transtorno de personalidad, como es mi caso, lleva puesta su nevera bajo el keikogi. Podemos encontrarnos con dificultades para controlar el miedo que deriven en ataques de ansiedad. En algún momento esa persona puede clavarse y no ejecutar el ejercicio. Pasará por momentos de bloqueo y también fases de depresión. Estas fases son corrientes en la mayoría de transtornos de personalidad: lo que hace especial su relación con el kendo es la enorme carga emocional que éste requiere. Conlleva un fuerte desgaste mental y pide grandes dosis de autocontrol. Muchos hemos visto bajas (o nos han tentado) tras clases especialmente desalentadoras. En el caso del TP puede disparar el gatillo de la depresión, que conlleva un grave riesgo de abandono.

Tras años de trabajo de introspección, cada cual desarrolla recursos para romper los bloqueos emocionales y desactivar los gatillos. Yo lloro. Lloro mucho. Sin embargo, he visto a compañeros abandonar o sufrir ansiedad durante meses antes de volver a entrenar: el dojo se convierte en el lugar de la exposición, en otro entorno hostil. Y esto nos dirige a las relaciones interpersonales y al estigma social.

Personalmente, soy partidaria de la desarmarización contra el estigma. Sin embargo tardé unos meses en contar mi condición a mis profesores y compañeros. Siempre se paga un precio por hacerlo, pero a la larga creo que hice bien. Cualquier circunstancia personal que se salga de lo ordinario, bien manejada con el conocimiento de los instructores, se convierte en un aspecto más del entrenamiento. Lo trabajas como tu estatura, o tu peso o tu elasticidad. Haces kendo con todo, no sólo con un shinai.

El asunto de la medicación puede resultar más peliagudo, puesto que una combinación de psicótropos potente reduce la ansiedad, pero también los reflejos, la respuesta a los estímulos, y puede provocar alteraciones psicomotrices. Movimientos terapéuticos y de usuarios trabajan desde hace décadas en un replanteamiento de la psicofarmacología negociada entre el usuario y su psiquiatra: más sucintamente, que aquello que te salva la vida por un lado no te la arruine por otro impidiéndote desarrollar tus actividades. Pero mientras se utilice medicación no viene mal avisar de ello para que la manía de cambiar del pie derecho al izquierdo tenga una explicación lógica. Que vamos, esto le ha pasado a una amiga.

¿Recuerdan a Gordo-san? Probó a no abrir la nevera.