Un primer dan de mierda

A menudo comentamos entre kendokas lo diferente que se ven los grados desde nuestras hakamas sin obi. Los artistas marciales llegan al cinturón negro. En kendo o iaido, el primer o el segundo dan son solamente los primeros pasos: no hemos llegado a ninguna parte. Como mucho hemos aprendido a andar después de pasarnos una temporada gateando.

Nací con vértigo y pies planos, y no aprendí a andar hasta los tres años. Quizá por eso, y aunque sé que todos mis compañeros están igual de nerviosos (escribo este post la tarde del viernes 22 de marzo; puede que lo publique el lunes 25, puede que unos meses después; o puede, espero que no, que nunca) para mí, el examen de Shodan de pasado mañana tiene otras implicaciones. Es tanto primer paso como cierre.

Una sola cosa tenía clara cuando empecé este blog: no me interesaban las reflexiones personales. Para reflexionar tengo los  monigotes. Antes que eso prefiero reflejar mi experiencia en la de otros. Pero ahí están. Siete años. Casi ocho, aunque los primeros cinco los recuerdo borrosos. Todos llenos de experiencias personales.

No recuerdo qué día empecé a practicar kendo, pero sí recuerdo que me desmayé en los suburis. Tampoco me acuerdo de qué día me salió bien tal o cual cosa, pero sí la primera vez que EL PROFE BAJITO sonrió de oreja a oreja en un geiko conmigo (en mi primer Huesca, en julio de 2010). Recuerdo el primer geiko que me salió bien, en ese mismo curso, minutos antes, con Agustín Miguel. Él no lo recordará, pero yo sí: el combate y todo lo que me dijo después. Recuerdo también mi primera medalla, y las otras dos; y aunque procuro no darles importancia sería poco honesto omitirlo.

No recuerdo bien las caras. He visto pasar a mucha gente. Pero sí recuerdo aquellas lágrimas en Barcelona, tras un examen de grado como este, al constatar que llevaba cuatro años hiperventilando al final de la fila, y eso si, con suerte, había ido a clase y estaba en la fila. Y también recuerdo quién fue a consolarme y lo que dejó para hacerlo, pero esa historia me la guardo. Recuerdo, a veces muy vívidamente, el pánico a los geikos. Recuerdo muy mal a la gente pero muy bien las lágrimas. No pasa nada: soy muy llorona.

llorona

¿lo ven?

Pero los momentos sí los recuerdo. Los suburis en Riaño, bajo la nieve. El primer día que empecé a entrenar con regularidad, un martes de septiembre de 2009. Recuerdo lo terriblemente mal que lo pasé en mi primer examen. La emoción del primer curso fuera. Mi primera lesión grave, una fractura de Jones que me tuvo tres meses coja, y toda la rehabilitación. Recuerdo borrosamente algunos momentos críticos en mi dojo, y además tengo el poder mutante de no enterarme nunca de los chismes; pero recuerdo muy bien la inundación que se llevó por delante la tarima nueva. Y recuerdo, más intensamente que cualquier otro, el día que todos morimos un poco.

Con los años he acabado por recordar mejor las manos que han tirado de mí que los pies con los que he tropezado. Los rostros que todavía veo coinciden con las primeras, no con los últimos. No creo que sea casualidad. Y eso que recuerdo (y de forma sangrante) las decepciones; pero porque han sido muy pocas. Han sido muchos más los cambios: las personas que se han ganado mi respeto, algunas contra todo pronóstico. Creo que yo también he acabado por ganarme el suyo. Probablemente esto haya sido lo más importante de mis siete años gateando: aprender que me rodean personas reales. Con historias más interesantes, con sombras más verdaderas que ningún samurai de cartulina, a los que no me quiero parecer.

Todo huele a fin de ciclo en las próximas 48 horas. Cambiarán pocas cosas en la práctica, pero otras serán completamente diferentes. Creo que se han terminado los desmayos y los picos de ansiedad, y todas esas lágrimas de que hablaba. En realidad se fueron acabando hace un par de años, pero falta meterlas en una caja y cerrarla con un lazo. Se quedarán dentro de mi men, como durante estos años se quedaban ahí dentro la frustración, el sentimiento de enfermedad y el estigma con él. La soledad, la soledad sobre todo, que ha sido lo peor.

Y empezarán otras. Un cambio de década. Intentar competir un poco más. La maternidad. Cosas que nunca imaginé que me pasarían a mí, como este curso y este examen.

No tenemos cinturones de colores, ni ilustramos nuestras historias en el do. Quizá por eso algunos kendokas tenemos blogs. Habrá posts nuevos también. Ocurra lo que ocurra el domingo habrá más cursos, y más exámenes, y más clases malas y más sudor. Pero si estáis leyendo esto es que otra kendoka ha aprendido a ponerse de pie. Una principiante más. Otro primer dan de mierda, como Moisés y Sebas del dojo Shion de Málaga, con los que me he examinado; como Silvia, Diego, Samuel, Iván, Emilio, Maxi, Ángel y Víctor. Como Javier de Kishinkai Córdoba. Como Jaime de Kenwakai. Como lo será pronto Rodolfo,también de Kenwakai; y Andrés, de Makoto Madrid. Como muy pronto lo serán David, Antonio, José, Darío, Tania, Alba e Irene. Eso ya lo contaremos.

Los viernes koryu: Tendo ryu

Por Javi Rodríguez

Hacia el final de una de las últimas clases de iaido, uno de nuestros profesores nos habló, no recuerdo a santo de qué, de un vídeo de dos maestras de escuela antigua practicando katas de kenjutsu, una de ellas (en el papel de Shidachi) empuñando dos sables cortos. Y alguien dijo: “Javi, a ver si lo encuentras”.

El caso es que recordaba haber leído algo sobre ese tipo de katas en el libro Koryu: escuela antigua de Ellis Amdur, y releyendo algunos fragmentos di con ello: una escuela antigua que dentro de su currículum practica Nito (manejo de dos sables simultáneamente) con kodachi.

La escuela en cuestión se llama Tendo Ryu Naginatajutsu . Una vez averiguado esto me puse como loco a buscar algún vídeo de sus técnicas, y al final lo encontré.

La creación de Tendo Ryu se atribuye a Saito Denkibo Katsuhide, que llamó a su escuela Ten Ryu, la escuela del cielo, tras un duelo con un asceta y una “iluminación”. Como muchas escuelas de esa época, Ten-Ryu contemplaba el uso de varias armas. Sus documentos más antiguos mencionan instrucciones para el manejo de la espada, otras armas, tácticas para el campo de batalla, luchas a caballo y cuerpo a cuerpo, e incluso metafísica. La escuela fue evolucionando y se dividió en varias líneas, que se especializaron en el manejo de alguna de esas armas.

Pero fue el sucesor de una de esas líneas quién eligió la naginata como arma principal a finales del siglo XIX. Su nombre era Mitamura Kengyo, y es a partir de aquí cuando la escuela pasa a denominarse Tendo Ryu, la escuela del camino del cielo. Mitamura Chiyo, su esposa, fue una destacada maestra de la escuela.

Tendo Ryu en el Kobudo Taikai 2010(C) Jeff Broderick naginatajutsu, koryu, doble kodachi contra jo. Los kata que se realizan con naginata y espada corta reflejan con sumo realismo las limitaciones de un arma tan larga en distancia corta. La practicante (o el practicante) que maneja la naginata la arroja al suelo y desenvaina con rapidez el kodachi para acabar con su oponente cuando este acorta la distancia y la naginata se vuelve ineficaz. El origen de estas técnicas es doble: por un lado la lucha cuerpo a cuerpo, en la que se empleaban armas pequeñas; y por otro la defensa femenina, consistente en clavar una daga (kaiken) a un adversario que pretendiese usar su superioridad física o técnica  en el combate a corta distancia.

Tendo Ryu en el Kobudo Taikai 2010(C) Jeff Broderick

La naginata ha estado asociada por la historia a la mujer samurai, rozando el cliché: se usó, y mucho, en batalla, pero las mujeres bushi tenían el deber de defender el hogar y la familia de cualquier agresión. La versatilidad de este tipo de alabarda les permitía encarar diferentes armas. En la práctica de hoy, aunque continúa la tradición de grandes maestras, también los hombres practican naginatajutsu, igual que las mujeres acceden a otras armas.

Se conservan 120 kata de Tendo Ryu, trabajados en parejas, con naginata, sable, kusarigama (hoz con cadena), dos sables, sable corto, naginata vs. kodachi y jo. La aproximación al jo viene de entenderlo como una naginata partida durante la batalla.

Los kata que se realizan con naginata y espada corta reflejan con sumo realismo las limitaciones de un arma tan larga en distancia corta. La practicante (o el practicante) que maneja la naginata la arroja al suelo y desenvaina con rapidez el kodachi para acabar con su oponente cuando este acorta la distancia y la naginata se vuelve ineficaz. El origen de estas técnicas es doble: por un lado la lucha cuerpo a cuerpo, en la que se empleaban armas pequeñas; y por otro la defensa femenina, consistente en clavar una daga (kaiken) a un adversario que pretendiese usar su superioridad física o técnica  en el combate a corta distancia.

Como se puede ver en el vídeo se practican kata muy interesantes con dos sables cortos y con jo. En este caso no entendido como bastón, sino como el asta de una naginata.

Referencias:

Koryu: escuela antigua. Ed. Shinden, 2007. Como decía antes, un libro muy interesante. Incluye fotos de maestras de Tendo ryu practicando katas con dos sables e incluso explicando cómo luxar el codo de un oponente para que no pueda escapar mientras se acaba con él. Además de algunos fragmentos de opinión de Abe Toyoko sensei , una de las maestras más fuertes de esta interesante escuela y gran budoka.Koryu: escuela antigua. Ed. Shinden, 2007. Como decía antes, un libro muy interesante. Incluye fotos de maestras de Tendo ryu practicando katas con dos sables e incluso explicando cómo luxar el codo de un oponente para que no pueda escapar mientras se acaba con él. Además de algunos fragmentos de opinión de Abe Toyoko sensei , una de las maestras más fuertes de esta interesante escuela y gran budoka.

Una de Almodóvar

Cuantos tratan (tratamos) el cine de Pedro Almodóvar como de marciano deberían, en justicia, repasar más de cerca sus personajes. La que nos interesa hoy es Gloria. Es señora de la limpieza en un gimnasio, está casada con un taxista que se ha traído a su madre del pueblo, y tiene dos hijos a los que no sabe muy bien cómo dar de comer pasado mañana. Con esto, Fernando León os haría un drama de mucho llorar y concienciarse a tope. Fernando Colomo una comedia, trasladando la acción a Lavapiés. Y Fernando Trueba otra, más romántica y mucho más burguesa. Almodóvar decidió llevarse al extrarradio un thriller neorrealista donde el arma homicida resulta ser una pelada y requetepelada pata de jamón.

¿Y el raro es Almodóvar? ¿En serio?

Hay mucho de disparatado en Almodóvar. Es lo que le ha convertido en género. En ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) hay un lagarto llamado Dinero (aunque si eres manchego eso es costumbrismo), unas falsas memorias de Hitler, un camello de doce años, telequinesis, un dentista que cobra una ortodoncia quedándose con el chavalín, que la madre ya las pasa bien putas para darle de comer y al fin y al cabo tiene otro. Y además, Hiruma sensei:

El que véis no es el primer dojo de kendo que hubo en Madrid, pero sí uno de los pioneros. Hiruma sensei continúa enseñando en Barcelona. Entre los alumnos que salen echando pestes de la paliza que les ha dado, el que tiene frase se llama Manuel Murillo y todavía entrena.

Consigue Almodóvar en su libertad integrar elementos aparentemente dispersos en un entorno costumbrista que los unifica. Ese universo que permite que una señora que sobrevive junto a la M30 pueda tomar conciencia de sí con una katana de bambú en la mano. Sorprendentemente, hay poco escrito sobre esta película y el uso del kendo como catalizador visual del malestar existencial. Cinematográficamente el kendo sigue siendo carne de documental y siempre, siempre, narrado con la misma épica, una y otra vez. Ésta es una de las excepciones. Los kendokas calientan, sufren, se duchan y salen protestando con la bolsa a cuestas. La heroína, la mujer guerrera de este cuento, sigue fregando los vestuarios.

Dedicar tiempo a uno mismo, a kendo o a lo que fuera, para Gloria y las mujeres de su vecindario estaba por encima de todo alcance. Gloria hace horas en casa de un matrimonio de novelistas que se dedican básicamente a aburrirse como monas. Su marido echa culo en el taxi añorando tiempos y polvos mejores en Alemania. Como los hombres almodovarianos, culpa de su incapacidad o de sus malas decisiones a la mujer, que no tiene tiempo para lamentar su infelicidad, estando muy entretenida ya con sacar adelante su casa de mierda. Historia que repite en sus melodramas de los 90 o en Volver, filmada cuando Almodóvar ya había trascendido el propio Asunto Almodóvar y las señoras de Calzada de Calatrava le hacían la ola y le pellizcaban los carrillos, y con razón.

Desconozco qué llevó a Almodóvar hasta los kendokas de la calle Doctor Flemming (el exterior que abre la película no se corresponde con el interior real), pero el shinai y el kirikaeshi canalizan la frustración vital de Gloria, que anda ya desde el primer minuto blandiendo una fregona en el rincón. Con el último cuarto de la película, Gloria ya ha dejado la fregona y ha cogido el shinai: ya se ha cargado al marido, ya se ha convertido en la Banshee de la trastienda de La Movida, y termina en el mismo sitio donde empezó. Pero haciendo, en vez de mirar desde la esquina.