Los miércoles pop: too close

No sé si Too close podría denominarse un hit, pero desde luego ha sido una de esas canciones que empiezan a sonar, las ponen en el anuncio de Internet Explorer 9 y  LO PETAN. Al menos en el Reino Unido: casi cuarenta millones de clicks tiene el vídeo.

Puristas, no se ofendan todavía y guarden hasta haber leído un poco más. En una entrevista para el Huffington Post de julio de 2012, Clare manifestaba con total honestidad por qué esta ensalada de guarrazos, brincos y saltos mortales:

Me and a friend of mine were discussing samurais and he really wanted to put like samurai’s cutting each other up in the music video. But the budget wouldn’t stretch so we had to settle with kendo fighters instead. I think samurais with swords slopping off pieces of each other would have been much more entertaining. But, you know, budget and viewer discretion can never be guaranteed.

Más adelante Clare especula sobre la identificación de “lo samurai” con el conflicto, que es de lo que asegura trata su tema. Yo no consigo identificar tal conflicto y no escucho más que un no-eres-tú-soy-yo de cuatro minutos. Más atractivo para estos miércoles pop es por qué samurai significa para ellos acrobático: este mashup de Wushu, Juyo y béisbol tiene poco que ver con la esgrima japonesa.

Lo interesante es que dos practicantes de kung fu habrían conseguido una espectacularidad marcial perfectamente apropiada para un vídeo como este. Sin embargo Clare y su amigo (al que presumo Ian Bonhôte, director del clip) querían samurais. ¿Por qué? El samurai de la cultura popular se identifica con la muerte. Ante los ojos de los occidentales contemporáneos el vínculo del honor bushi con el suicidio era de tal fuerza que, si de estos occidentales (y de sus equivalentes mishimas) dependiera, para cuando el Comodoro Perry desembarcó se habría encontrado Japón vacío.

Aunque Clare no lo confiese, era la muerte lo que estaban buscando. Muerte violenta (exageradamente violenta) en medio de las ruinas de los Docklands para representar la muerte de una relación en ruinas; más aún, matar la relación antes de morir asfixiado.

Curiosamente, el clip ha tenido muy mala aceptación y no de parte de la comunidad kendoka, que se lo ha tomado con bastante salero. Los fans y la crítica musical destacan la inoportunidad de los luchadores y su nula relación con la letra. Incluso algún crítico ha llegado a intuir la poca gracia del combate.  Nada que ver con el cuidadoso, sugerente y pícaro trabajo de los pobres DelaVega hace casi diez años, que paradójicamente recibió mejor respuesta fuera del kendo. Al menos hemos aprendido a relajarnos y hacer nuestros mashups:

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I’m a looser, babe

Una criba después del bogu. Otra hacia el primer año, más o menos. Ahí a lo lejos el precipicio del tercer dan. Todos hemos pasado, algunos más de una vez, por el punto de no retorno; y algunos paran ahí.

Es natural dejar una actividad cuando ya no te aporta nada o no te compensa. Sin embargo, te encuentras con un excompañero en la calle, que empezó a la vez que tú, y casi nunca te dice “esto no era para mí” o “encontré otra cosa”: te habla de dolores locos, del mucho trabajo, de que no ha llegado a pagar el keikogi y la hakama porque así se obligará a volver.

La semana pasada se publicó en Bloguionistas (que sigo desde su creación) el correo de un lector, guionista novel, que preguntaba por el fracaso y los que fracasan. Dedicarse a la creación audiovisual conlleva, quizá como en otras profesiones pero de forma muy expresa, preguntarse a menudo por el éxito y sobre todo por lo contrario. Los que no curran de escribir o no llegan a triunfar. Hace cuatro años la medida de ese triunfo era el salto al cine; hoy triunfar es llegar a rodar, o llegar a cobrar, llegar a estrenar el trabajo y que no se muera por el camino. La medida del éxito, siempre y también en kendo, se manifiesta en la proyección social; el fracaso suele medirse por el anonimato. El avance o estancamiento en la fila, los trofeos, los grados. Todo eso que repetimos constantemente que no es, o no es totalmente, la esencia de lo que practicamos. Pero ¿en qué consiste el éxito, o la falta de éste, para la mayoría que no salimos fuera? ¿Por qué seguimos, y otros se van?

Hace dos domingos tuve una larga conversación sobre esto con uno de mis profesores. Para mí, hacer kendo va siempre unido al sentimiento de gratitud: la idea de que puedan dudar de la mía me provoca una aprehensión casi obsesiva. Cuando empecé a practicar convivía con una enfermedad muy molesta, y saberme valorada y querida fue decisivo durante el proceso. El día que logré acudir una semana de entrenamiento completa saboreé algo muy parecido al triunfo. Sin embargo, ese sentimiento del primer año real de kendo, cuando cada chorrada pequeño avance me hacía verme campeona del universo, se desvaneció, paradójicamente, con mi propio progreso. Cuanto más he querido, más frustraciones he ido coleccionando.

Entro al dojo a diario (porque entreno cada día) a matar esa frustración y a recordarme que el budo me libera de mí misma; que moldea mi carácter y que este propósito es la gran verdad de mi vida, y de otras vidas. Compito esporádicamente, para recordarme que el resultado no es importante y que mi enemigo no está precisamente frente a mí. Y aunque es honesto reconocer que pierdo más de lo que gano, nunca me he sentido más orgullosa en un shiaijo que dentro de mi dojo, cuando EL PROFE BAJITO me dice “¡bien, ahí!” en medio de un combate.

Supongo que la medida del triunfo es seguir insatisfecha: seguir dudando de si mi gratitud se expresa convenientemente. Una razón más, la mía, para volver otra vez. Pero sigo sin encontrar la medida del fracaso, porque hoy no soy capaz de entender mi vida sin el kendo, y me faltan elementos de contraste.

Los miércoles pop: ay, como el agua, ay, como el agua

Aunque los repositorios de publicidad etiquetan esta campaña como kendo, lo que vamos a ver en este anuncio tiene más que ver con el kenjutsu. Sé de al menos un colaborador de qhQ que va a flipar, y espero un comentario airado o una sesuda disertación sobre la bonita filigrana del minuto 00:09.

Este anuncio es de finales de 2010, y forma parte de la campaña americana de Schick Hydro, una marca de cuchillas de afeitar que se comercializa en España como Wilkinsons. Ya sabéis: hydro, agua, be water my friend, mantener la quietud del alma y ser suave (guiño-guiño-codazo-codazo, chicas) venga lo que venga a darnos en la cara: ya sea un bokken, una hostieja, un viril balonazo o una noche de arrumacos.

La campaña es de la agencia JWT de Nueva York y su director es español, Daniel Benmayor. Duncan MacWilliam, a cargo de los CGI de la última entrega de X Men, es el responsable del corte con agua en ese bello plano final.

Schick Hydro Razor, fotografía de la campaña 2010, dirigida por Daniel Benmayor.

Gráfica de la campaña

De momento llevamos vistas varias apropiaciones del kendo en la publicidad, que apelan ya a lo viril, ya a lo erótico. Ambas están presentes en esta campaña, aunque el spot de Benmayor va más allá. Piruetas en el aire aparte, toca un concepto que no vemos tanto en el Budo Pop: Mushin, la mente vacía. Claridad pase lo que pase. Que nada nos toque más de lo que toca el agua. La sensación de paz sigue siendo la misma a lo largo de la campaña: ya nos golpee un guante de boxeo, un balón o la camiseta de la novia, al final sólo es agua. El monólogo interior que escuchamos durante el anuncio trata de responder, inútilmente, a la pregunta quién soy, para terminar dándose cuenta de que la respuesta es irrelevante. Soy.

Schick ya había utilizado Artes Marciales en una campaña anterior, Kung Fu Bride, en 20o1 (el año del estreno de Tigre y Dragón). En el cuarto de hora que he tardado en escribir esto todo el tiempo que he investigado sobre el director, no he conseguido saber si él o sus copies practican algún arte marcial japonesa, pero que el mensaje principal esté tan relacionado con los aspectos internos de la práctica es sorprendente. O bueno, a lo mejor no. Otra vez el mito del samurai que vive armoniosamente con la muerte, y que nos atrae como moscas. El zen como exaltación última de la virilidad.